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Asia oriental

Prácticamente deshabitada hace 2 siglos, la inhóspita y selvática isla de Penang (Pulau Pinang, en malayo), en el noroeste de Malasia, no muy lejos de la frontera con Tailandia, es hoy un importante destino turístico y notable “hub” tecnológico y logístico poblado por 1,8 millones de personas, la mayor parte en su populosa capital, George Town.

La presente singularidad de la isla tiene origen, como Singapur, en su pasado colonial. La Compañía Británica de las Indias Orientales, gran dinamizador de la ruta comercial China-India y, correlativamente, actor principal de la geopolítica regional en aquella época (ver el estupendo ensayo “The Honorable Company. A history of the English East India Company”, de John Keay), impulsó la fundación (1786-91) y crecimiento (10.000 habitantes hacia el primer tercio del siglo XIX) de la colonia de George Town (en la esquina noreste de la isla), principalmente con inmigración china (hoy, el 53 % de la población, 20 puntos por encima de la media nacional malaya, en su mayoría “peranakans” -mezcla de chinos y malayos o tailandeses-)

Penang no fue la primera gran colonia comercial de la zona del estrecho de Malaca (la primera fue precisamente la que da nombre al estrecho, controlada sucesivamente por portugueses, holandeses y británicos) ni tampoco la de más éxito (Singapur). Las tres formaban los llamados “Asentamientos del Estrecho”.

No obstante, Penang parece haber conservado mejor su patrimonio histórico y cultural, con las mismas bases que Singapur (arquitectura colonial, modelo administrativo británico, hegemonía cultural china e india) pero con mas espacios naturales y notable conservación urbana (a pesar del intenso y poco controlado tráfico de vehículos, su principal inconveniente) lo que le valió su reconocimiento como Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco.

Los edificios y espacios más importantes de la ciudad colonial están concentrados en la esquina noroccidental de la ciudad, donde el capitán Francis Light, empleado de la Compañía Británica de las Indias Orientales (jugando en Penang un papel equivalente al de Raffles en Singapur), fundó la primera colonia, entorno del Fuerte Cornwallis (del que se conserva buena parte de la muralla de piedra), que bautizó con el nombre de George, entonces príncipe de Gales y posteriormente rey Jorge IV,

El fuerte es el punto de partida de la “Heritage Trail”, que incluye la Torre del Reloj, el “Padang”, espacio abierto característico de la época (y de la zona: hay uno mu parecido pero más grande en Singapur) y reservado para actividades deportivas (hoy, parque público) y varias mansiones y palacios, hoy ocupadas por instituciones públicas (Ayuntamiento, Asamblea del estado, Tribunal Supremo) y Museos (Museo de Penang) todos ellos excelentes muestras de arquitectura colonial estupendamente restauradas. No faltan las capillas y las iglesias, entre las que sobresalen, como suele ser habitual en otras colonias orientales, la iglesia anglicana (San Jorge) y la catedral católica, dedicada a la Virgen María.


Al igual que Singapur, la ciudad de George Town ofrece una interesante mezcla cultural chino-india-malaya, con toques británicos, y conserva, por tanto, los barrios étnicos característicos del período colonial, entre ellos Chinatown y Little India, con sus templos, “shophouses”, y sabores, olores y colores característicos, parte del patrimonio cultural junto con el barrio colonial.

En Penang, como en el resto de Malasia, y como resultado del proceso histórico (Malasia fue dominio británico hasta los años 50 del siglo pasado), las comunidades de migrantes chinos e hindús se concentraron en las ciudades, donde prosperaron como comerciantes, artesanos, banqueros y empleados y llevaron sus tradiciones y religiones (budismo, taoísmo e hinduísmo, principalmente), en contraste con las zonas rurales, habitadas por campesinos malayos de religión musulmana.

En particular, la migración china, procedente en su mayoría de las provincias de Guangdong y Fujian (“han” de las minorías étnicas “hokkien” y “hakka”), fue masiva, y hoy supone, aunque en buena parte mezclada con población malaya y “thai” (los “peranakans”) la mitad de la población de la isla (más de un millón de personas).

Por esa razón, el “Chinatown” de George Town ocupa una extensa zona al sur del barrio colonial, aunque entremezclada con algunas zonas residenciales malayas e hindúes. El barrio, que no deja de ser el típico bazar chino de pequeñas tiendas y abigarrados restaurantes, conserva algunas de las antiguas “soaphouses”, junto con algunos templos budistas (Kuan Yin Teng, dedicado a la popular diosa budista de la misericordia, Guanyin), mansiones y clubs sociales (los populares “kongsi”, o casas de clanes ancestrales, lugares de reunión y de culto de ancestros, entre los que destaca, por su lujosa decoración de tallas, azulejos y pinturas, el “kongsi” de la familia Khoo, también conocido como “Casa del Dragón de la Montaña”, datado en más de 100 años.

Little India da testimonio de la presencia india o hindú, con variedad de tiendas de ropa, souvenirs y restaurantes, más algún templo de religión hinduísta, la mayoritaria en la India. La zona ocupa el centro de la ciudad antigua, colindante con Chinatown y El Barrio Colonial

La mansión “Pinang Peranakan”, antigua residencia de un comerciante de origen chino, es, probablemente, junto con el maravilloso “kongsi” o casa ancestral de la familia Khoo, una de la razones por las cuales el centro histórico de Penang se encuentra bajo protección de la Unesco. 

La lujosa, exuberante, casi mágica mansión, una de las atracciones más populares de Malasia, exhibe una inacabable e inclasificable colección de objetos de lujo de principios del siglo XX, cerámica multicolor, vasos y jarrones de vidrio también en diferentes colores, cubertería de plata, objetos de jade, ropa de seda, retratos de estilo imperial “Qing” y fotografías, tapices, espejos, camas antiguas, mesas y sillas de madera de caoba.... todo ello dispuesto con elegancia y buen gusto, aunque si unos es amante de la decoración tradicional china puede acabar exhausto por saturación. 

La casa, un edificio de dos plantas con patio interior abierto, también expone objetos decorativos de lujo de procedencia europea (sobre todo, figuras de cerámica y cubertería), además de una pequeña pero curiosa colección de electrónica vintage (una TV de los años 50, una radio de los años 30, una cámara de fotos de inicios del siglo XX....). Es una deliciosa joya para los amantes de la cultura oriental.

La familia Khoo, un clan familiar con miles de miembros repartidos por Asia, Europa y América, procedente de la provincia china de Fujian, estableció su base en Georgetown, Penang, donde alcanzó el poder y la riqueza que simboliza hoy su casa ancestral, un prodigio decorativo muy celebrado en la región, y parte de la lista de patrimonio cultural catalogado por la Unesco.
 
La esculturas y bajorrelieves en piedra gris de dragones, bambúes, mitos e historias familiares; los extraordinarios frescos de dioses, guardianes y sabios taoístas; las vigas de madera pintadas de dorados y rojos; las figuras de porcelana multicolor protegiendo el techo de cerámica de las iras de los dioses; en fin, la impactante sala de ancestros con centenares de tablillas con los nombres de los miembros destacados del clan configuran un lugar único por su fantasía icónica.

Aunque el templo celebra en sus frescos las virtudes taoístas (simplicidad, austeridad, desapego), la decoración, un festejo de los elementos clásicos de la arquitectura religiosa china, es un ejemplo de pantagruélica exuberancia y barroquismo que apenas deja espacio libre para la meditación del vacío que predica el Tao.

El noroeste de Penang, a unos 20 kilómetros del municipio de George Town, conserva una extensa zona de la jungla tropical que ocupaba casi toda la isla hasta la llegada de los colonizadores británicos, a finales del siglo XVIII.
 
El Parque, en su mayoría virgen y bajo protección del Estado malayo, situado en la península de Teluk Bahang (el nombre del pueblo pesquero que da entrada al parque) está atravesado por varios senderos, que recorren la espesa jungla de altos árboles, arbustos de grandes hojas y abundantes lianas y enredaderas, entre colinas, promontorios rocosos, riachuelos, playas y algunos estanques y lagos, aunque buena parte de la zona es de acceso prohibido

Los senderos más populares son la entretenida ruta costera que lleva hasta el cabo Muka Head, y el faro del mismo nombre, en el norte, y, más al sur, el camino hasta la playa de arena blanca Pantai Kerakut, en el sur, probablemente la mejor playa de la isla, un lugar muy popular de excursión donde puede encontrarse un lago meromíctico, es decir, un lago con dos capas de agua, salada y dulce que no se mezclan, generando un ecosistema muy peculiar.

Los senderos principales son bastante accesibles, están bien señalizados y no ocupan más de 3 horas (ida y vuelta), aunque salvan algunas colinas (el punto más alto se encuentra unos 100 metros sobre el nivel del mar).
La situación cambia cuando uno decide tomar un acceso secundario (es decir, complicarse la vida sin necesidad), especialmente por las zonas interiores más sombrías, en las que la espesura selvática, combinada con la elevadísima humedad, de más del 100 % (como en los referéndums de la dictadura franquista en España), y las altas temperaturas (entre 33 y 36 grados, vengas cuando vengas) te permiten entender el ecosistema selvático en toda extensión.

En ese momento, la sensación que tienes es que formas parte del pelotón del film “Platoon” de Oliver Stone, esperando caer en cualquier momento en una emboscada del Vietcong, es decir, de las consabidas y anunciadas serpientes, que nunca aparecen aunque, cual Quijote y bajo los efectos de la deshidratación, es fácil confundirlas con las lianas. Mientras, los quejidos, gañidos, chirridos, pitidos, graznidos y gorjeos de los pájaros e insectos (y algún canto más armónico, todo hay que decirlo) proporcionan un hilo musical acorde con la escena.

Sin embargo, la dura prueba tiene premio: la bellísima y relajante (paradisíaca sería el palabro) playa de Pantai Kerakut, que conserva su belleza manteniéndose inaccesible, toda una interesante reflexión (el parque sólo se puede recorrer a pie, aunque a la playa se puede acceder en un par de lanchas autorizadas).

Más hacia el sur, en el recorrido por el interior montañoso, selvático y despoblado de la isla de Penang (Malasia), con cotas de mil metros de altura, es posible hacer una parada y descansar tomando un “smoothie” de bananas y fruta de la pasión, y unos pinchos de pollo condimentados con “nutmeg” o nuez moscada y el apestoso pero sabrosísimo “durian” triturado, preparado por los dueños de la plantación cooperativa en la que se produce, actividad que compaginan con las visitas organizadas (Tropical Fruit Garden)

La Mansión Azul es una vivienda noble construida por Cheong Fatt Tze, un gran banquero chino de origen humilde, perteneciente a la minoría “hakka” y procedente de la provincia de Guangdong (Cantón), que se convirtió en uno de los apoyos financieros fundamentales del primer Presidente de República de China (1911) y fundador del Kuomintang, Sun Yat Sen (también “hakka”). 

La “Blue Mansion”, uno de los tres grandes edificios civiles chinos de la ciudad antigua de Georgetown (junto con Khoo Kongsi y Pinang Peranakan), tiene una disposición, una fachada y unas dimensiones inhabituales (38 habitaciones, 7 escaleras, 220 habitaciones...) con varios patios alargados (5), dispuestos en paralelo (lo que no debe sorprender, ya que el hombre llegó a tener 7 esposas y concubinas), y en la que predominan, en el exterior, el estilo mixto chino-colonial con toques malayos, y en el interior, la decoración y la ornamentación chinas (estilo Qing) y occidentales (ventanales con toques góticos). La restauración de la vivienda en los años 80 del siglo pasado, para su posterior conversión en hotel de lujo y museo, recibió varios premios, y es objeto de peticiones frecuentes para grandes eventos y rodajes cinematográficos, entre los que destaca la película francesa “Indochina” (1993), con Catherine Deneuve y Vincent Perez

Uno de los lugares más curiosos y menos conocidos de la ciudad de Georgetown, antigua colonia británica y capital de la isla de Penang, en Malasia, es Chew Jetty, una pequeña ciudadela de casas de madera construida sobre pilones encima del mar (una variante de los conocidos palafitos denominados “kelong”, muy típicos del Sudeste Asiático), situada en la costa este.
 
Este antiguo enclave de pescadores, de origen chino y pertenecientes al mismo clan (llamados Jetties) es hoy, inevitablemente, por su cercanía con el barrio colonial, una atracción turística multicolor con pequeñas tiendas de artesanía, ropa, comida y souvenirs, con dos pequeños templos budistas, uno en la entrada, y el otro en el extremo oriental del barrio, delante del mar, desde donde puede observarse el tráfico constante de cruceros, barcos mercantes y ferris, y la cercana costa continental malaya. 

Estos dos templos no son tan lujosos ni están tan bien ornamentados como los de Chinatown, pero, por la autenticidad que sigue desprendiendo el barrio (a pesar de su conversión en atracción turística) se encuentran entre los más reverenciados por la población local creyente y los visitantes de etnia "han".

El legendario Hotel Eastern & Oriental (E&O Hotel), fundado en 1884 y situado en el barrio colonial de Penang, formaba parte del selecto grupo de lujosos y aristocráticos alojamientos de Asia Oriental, en la ruta marítima Europa-Asia por el canal de Suez, durante el turbulento pero excitante primer tercio del siglo XX, junto con el Hotel Raffles de Singapur, el Hotel Península de Hong Kong, y los hoteles Palace y Peace Hotel (Sassoon House) de Shanghai.

El establecimiento, en primera línea de mar, con una terraza de más de 200 metros de longitud, fue fundado por los hermanos armenios Sarkies, también propietarios del Raffles Hotel de Singapur (en restauración durante mi visita del pasado lunes).

Los Sarkies, célebres por su filantropía, sus fiestas y sus juergas nocturnas regadas con el mejor whisky, no tenían como principal objetivo ganar dinero sino pasárselo bien, por lo que eran casi tan o más conocidos que sus famosos huéspedes (empresarios, aristócratas, comerciantes, funcionarios y militares de alto rango y escritores famosos como Rudyard Kipling, Noel Coward o Somerset Maugham, o actores como Douglas Fairbanks), aunque, inevitablemente, acabaron arruinándose.

El hotel sigue en activo y ha añadido varios pisos de habitaciones manteniendo en lo posible el diseño original, pero conservando, en la planta baja, el hall, la recepción, los salones, los restaurantes, los bares y la terraza que lo hicieron célebre, mediante una excelente restauración “vintage”, que, de acuerdo con el testimonio gráfico de las fotografías históricas, recrea fielmente, y con gran poder evocador, la fina elegancia colonial (y clasista, todo hay que decirlo) de aquella época.

El templo de Kek Lok Si, situado en las laderas de la colina de Penang (Penang Hill) se presenta como el mayor monumento budista de Malasia y razones no le faltan para alardear de ello.

El laberinto de pabellones, jardines, patios, pagodas y tiendas no sigue la disposición lineal progresiva (de los Budas menores a los mayores), tradicional de los templos de esta religión (en sus variantes lamaísta o tibetana y Theravada o del Sudeste asiático), sino una más caótica, en zig-zag (con algunos interesantes desvíos), adaptada a las características irregulares del terreno, y a los sucesivos cambios de estilo y preferencias de su larguísima construcción, que empezó hace un siglo, financiada por comunidades budistas chinas, y todavía no ha acabado.

Este eclectismo produce un efecto de fascinante cacofonía artística (y religiosa), de manera que la popular semidiosa o bodhishatva Guanyin aparece arriba en una gran estatua en su versión femenina o china y abajo en su versión masculina o lamaísta (Avalokitesvara). 

Los estilos también se han ido mezclando, y junto con los pabellones y relieves de estilo chino aparecen estatuas de Buda y otras deidades en estilo birmano y tailandés, de vistosos blancos o de gamas multicolores, que contrastan con el monocromo dorado de las estatuas de inspiración china.

En fin, el templo no sólo ofrece un ascenso mecanizado hacia la colina donde descansa la estatua de Guanyin en bronce, de 36 metros de altura (regalo del Rey de Tailandia, a la que no pude acceder por falta de tiempo) sino que también está preparando otro en el acceso principal mediante escaleras mecánicas.

Estas facilidades estarían negando, en aparente herejía (sino blasfemia: los lamaístas tibetanos recorren centenares de kilómetros sin ayuda mecánica para contemplar sus montañas y templos sagrados) el tradicional goce de la peregrinación a pie por el universo espiritual de Buda. 

Sin embargo, el peregrino auténtico siempre tiene la opción de seguir el camino de la iluminación mediante el sufrimiento ascendiendo los seis pisos de la bellísima pagoda blanca con toques multicolores, situada en paralelo con el monumento dedicado a Guanyin. 

Y si no lo consigue, tras disfrutar de las vistas, todavía la queda una nueva opción en la bajada: los escalones son tan estrechos que hay que bajar de lado si uno calza más de un 36, por lo que, en caso de despiste, aumentan las posibilidades de alcanzar la iluminación (esta vez mediante la flagelación involuntaria, dándose de bruces con el suelo: aunque hay que hacer notar que la práctica de la autoflagelación, utilizada por sectas cristianas y musulmanas, no la utilizan las escuelas budistas, al menos las mayoritarias). 

En cualquier caso, la sabiduría resultante será necesaria para salir del laberíntico templo sin perderse


 
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