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Japón


La religión budista fue introducida en Japón en el siglo VII desde China por el monje Kobo Daishi (Kukai) en su versión más avanzada y mística, conocida en Japón como "shingon". 

Lejos de la simplicidad y la austeridad de las religiones locales (particularmente, el Shinto), Kukai, formado en la ciudad china de Changa'an (capital de la dinastía Tang y, por entonces, gran centro cultural, político y religioso de Asia oriental) impulsó un ritual de gran intensidad, exigencia y brillantez formal, en el que la oración y la meditación se complementan con la armonía de los espacios de meditación y oración, la energía emanada del decorado natural y el poder evocador del arte (estatuas, tapices, farolas) para alcanzar la iluminación y el "karma"

El lugar elegido para desarrollar su particular visión de la fe budista, en el que la experiencia esotérica y mística -interior y trascendente- es fundamental, fue el monte Koya (Koyasan), en la prefectura de Wakayama, no muy lejos de los grandes centros políticos, culturales y religiosos de la época (Kyoto y Nara). 

Esta parte de Japón incluye otras dos joyas del patrimonio cultural y natural japonés, los santuarios sintoístas de Iseshima, que acabo de visitar, y la ruta de peregrinación sintoísta Kumano Kodo (con sus emblemas, Nachisan y Hongu Taisha) que visité el año pasado.

Kukai y sus sucesores crearon un centro de estudio y meditación de gran prestigio, que no tardó en recibir el favor de emperadores y nobles, como prueban los incontables mausoleos y túmulos esparcidos por la fascinante ruta Okunoin, a lo largo de 2 kilómetros, entre cedros con alturas catedralicias de entre 30 y 40 metros de altura que se extravían fácilmente entre la niebla, ruta que culmina en el santuario Kobodaishi Gobyo.

Así, la familia Tokugawa, que gobernó Japón durante dos siglos mediante el "shogunato" (gobierno unificado, militar y civil, por designación imperial) hasta la Revolución Meiji (1868), exhibe no muy lejos de allí su mausoleo principal, dos pabellones simétricos con cuidados relieves de madera laqueada y paneles dorados.

Koyasan, en la lista de patrimonio de la Unesco, cuenta con innumerables templos, jardines y estanques muy cuidados, cuya visita requiere varias jornadas. Sin embargo, las atracciones principales del lugar pueden visitarse tranquilamente en un día, sin prisa, con un abono de 1500 yenes (unos 12 euros, al cambio actual), más la citada Okunoin, cuyo acceso es gratuito.

Este recorrido incluye las elegantes puertas, salas de meditación y pagodas circulares del área de Dai-Garan , la valiosa colección de estatuas y tapices del museo Reihokan (prueba de la importancia que Kukai concedía al arte como vehículo de expresión y reflexión religiosa), o Kongobuji, el templo principal, en el que destacan dos magníficos jardines "zen" con su mar de rocas entre piedras blancas, decorando las numerosas habitaciones y salones de meditación del santuario, con suelos de tatami i madera, provistos de puertas pintadas en fondo dorado, con motivos florales, escenas religiosas, y paisajes.


El Palacio imperial de Kyoto, que puede visitarse desde este año sin necesidad de reserva previa, fue durante un milenio el símbolo cultural, religioso y político de Japón.
El recinto, cuya estructura actual y edificaciones datan de mediados del siglo XIX (todo un prodigio para una construcción de madera en un país de frecuentes terremotos y tifones), está situado en el centro de Kyoto (zona conocida como Heian, que da nombre al estilo arquitectónico predominante y muy imitado en otros Palacios nobles), donde se instaló hacia finales del siglo VIII la familia imperial, procedente de Nara.

El palacio está situado al norte del gigantesco parque Gyoen, un enorme rectángulo de varios kilómetros de largo en dirección norte-sur, y aproximadamente un kilómetro este-oeste. El visitante puede recorrer casi todo el recinto imperial, aunque respetando las zonas acotadas, y disfrutar de la visión de los enormes pabellones de color marrón oscuro, hechos de madera de cedro y ciprés japonés, con sus famosos tejados "gasho", con finas ramas y láminas de madera compactada.

Los jardines del lado este (el de la salida del sol, dato relevante en un país llamado "del sol naciente" cuyo mito fundacional es el dios del sol Amaterasu) son de estilo clásico japonés (con algún detalle "zen" como las superficies de piedra blanca rastrillada) y, con su elegante disposición de cedros, arces, cerezos y arbustos impecablemente cortados, puentes, farolas y estanques, abruman por su belleza.

En el recinto se suceden en orden los salones ceremoniales (empezando por el pabellón de entronización, donde fueron coronados los últimos emperadores Meiji, Taisho y Showa, pero no el vigente emperador, Akihito, que renunció expresamente a la simbología sacra que acompaña el lugar para destacar el carácter democrático de su cargo), las dependencias oficiales (en una de las cuales el emperador Meiji firmó el decisivo Decreto de Restauración de la Autoridad Imperial que dio paso a la modernización de Japón en 1868) y los pabellones privados.


En las tranquilas colinas del sudoeste de Yokohama (prefectura de Kanagawa, a unos 40 kilómetros de Tokyo), las autoridades locales, en colaboración con el sector privado, ofrecen una excelente ruta de recreación histórica por una docena de mansiones e iglesias del antiguo asentamiento internacional, respetuosamente restauradas y decoradas.

Tras la apertura al exterior forzada por la flotilla armada del comodoro Perry, no muy lejos de allí (en Uraga), en 1853, y el tratado resultante, los extranjeros (principalmente, británicos, franceses y norteamericanos) pudieron establecer asentamientos en varios puertos comerciales de Japón, lo que hasta entonces, y durante los dos siglos anteriores, había estado limitado por el gobierno samurai de los Tokugawa a Dejima/Nagasaki.

La llegada de extranjeros supuso un incremento notable de los intercambios económicos, militares y políticos, pero también culturales, religiosos y educativos. Los empresarios llegaron acompañados de arquitectos, ingenieros, maestros, artistas, artesanos, misioneros, que crearon redes de colaboración con los profesionales locales. Estas redes fueron favorecidas tras la Restauración Meiji por el emperador y sus colaboradores, antiguos samurai ilustrados y nuevos empresarios agrupados entorno de los conglomerados "zaibatsu", que impulsaron una extraordinaria modernización del país a partir de 1868.

Yokohama, al igual que Kobe, o Nagasaki (a los que dediqué varios comentarios el año pasado) es un perfecto ejemplo de esa cooperación, cuya muestra más lujosa son las mansiones de empresarios, profesores y diplomáticos situadas en las colinas de la ciudad. 

Estas mansiones fueron construidas en el estilo vagamente definido como "colonial", con piedra y madera, porches y balcones, torres circulares y cubiertas de teja, y jardines de estilo italiano, francés o inglés. Este estilo, inspirado en las casas de campo inglesas y norteamericanas, fue utilizado en abundancia en los asentamientos de China y Japón (un ejemplo chino característico es la ciudad de vacaciones de Lushan, en Jiangxi).

Las autoridades locales han restaurado y en algún caso trasladado las viviendas, situadas mayoritariamente en los jardines "Minatono Mieruoka Koen" (donde están los antiguos consulados británico y coreano, con excelentes vistas sobre la bahía de Yokohama) y"Motomachi Park", con la vanguardista Ehrismann Residence, obra de referencia del arquitecto Antonin Raymond, impulsor de la arquitectura moderna en Japón, y la fantástica Berrick Hall, del llamado "estilo español" (por el lejano eco de las haciendas coloniales de Latinoamérica), en cuyos amplios salones y galerías uno puede tener la suerte, como fue mi caso, de encontrarse y disfrutar de pianistas espontáneos interpretando obras clásicas occidentales.

Finalmente, el Yamate Park y sobre todo, los jardines italianos de la "Casa del Diplomático", cuyos salones y galerías con amplios ventanales, amueblados con mobiliario de principios del siglo XX son una delicia para el sentido espacial y visual.

En el día de mi visita, un jueves, el acceso a casi todas las mansiones, atendidas con exquisito trato por profesionales, era gratuito; algunas de ellas disponían, además, de pequeñas cafeterías para descansar, tomar un pequeño almuerzo y disfrutar de la tranquilidad de la zona ajardinada.

El cercano "Chinatown", donde (oh, sorpresa) se pueden encontrar tiendas de productos baratos y buena comida china, pero también comercio de calidad, y el tranquilo paseo marítimo y los jardines del parque Yamashita permiten completar una excelente jornada.



Nada parece tan indescifrable, ausente e imperceptible y sin embargo tan fundamental en Japón como el Shinto, la austera, simple, casi animista religión del país en la que la cultura, e incluso la política y la sociedad articulan sus mitos fundacionales y su razón de ser.

Aunque la sociedad japonesa está muy secularizada, y las diferentes versiones del budismo, una fe mucho más elaborada y vistosa, acumulan centenares de miles de seguidores, el Shinto, también llamado sintoísmo, ocupa el centro de la comunidad nacional japonesa, como prueba su notable influencia política actual (la asociación de santuarios sintoístas forma parte del lobby revisionista del primer ministro Shinzo Abe) y los persistentes intentos por restaurarla como religión nacional, privilegio que perdió tras la derrota en la Guerra del Pacífico.

Y entre los miles de templos sintoístas de Japón, el lugar central y principal lo ocupa el santuario de Iseshima (en la ciudad de Iseshi, prefectura de Mie, este de la isla de Honshu), elegido en su momento por los emperadores (supuestos descendientes directos del dios del sol Amaterasu O-mikami, creador de la tierra del sol naciente) como lugar principal de oración.

No puede extrañar, en consecuencia, que los dos recintos sagrados de Iseshi, el secundario Geku, o templo exterior, más antiguo pero encantador, y el principal Naiku, o templo interior,,más grande e imponente, sean destino turístico y lugar de peregrinación para multitud de japoneses.

El interés de Iseshima, fe y misticismo aparte, se encuentra en la brillante simplicidad y elegancia de sus formas arquitectónicas, que permite una armoniosa integración de los lugares de culto con la naturaleza circundante (y cambiante), acorde con los principios del Shinto (austero y muy vinculado con la naturaleza), creando un efecto fácil de percibir en el recorrido por los diferentes recintos.

Este efecto es especialmente destacado en el recinto de Haiku, algo más alejado del centro de la ciudad, y rodeado por colinas con bosques de cedros casi selváticos. La proximidad del río Isuzu (Isuzugawa), en cuya ribera noreste muchos creyentes hacen sus abluciones o lavados rituales de manos y rostro.

La integración con la naturaleza se consigue mediante el uso de materiales simples, principalmente madera de cipreses japoneses, sobre sólidas superficies de piedra y patios con guijarros de diferentes tamaños. La técnica constructiva es simple pero brillante. Sobre gruesas columnas de madera noble, los constructores ensamblan y cruzan sucesivamente, en vertical o diagonal, las vigas sobre las que se sustentan los tejados, hechos con ramas o tiras compactadas de ciprés, a dos i cuatro aguas, con resultados muy vistos. Esta estructura se completa con hastiales y porches con una mínima decoración alusiva al dios sol Amaterasu.

Conscientes, por igual, de la fragilidad y del rápido deterioro de los materiales que utilizan, los celebrados constructores de Iseshima no sólo renuevan los pabellones cada 20 años, sino que los cambian de lugar, para lo que disponen de una superficie equivalente justo al lado. La última renovación tuvo lugar en 2013, por lo que la siguiente está prevista para 2033.

Aunque Japón es hoy una sociedad claramente secularizada, la variopinta concurrencia (desde otakus y moteros a mujeres con kimonos y hombres con corbata) sigue sin excepción el ritual de las monedas, las reverencias y las palmadas, y no se olvida de dar media vuelta tras salir de cada templo o santuario atravesando la puerta ceremonial o "torii", y ofrecer una elegante inclinación de respeto.

En coherencia con el apoyo que recibe de las organizaciones sintoístas, Shinzo Abe, organizó este año en Isehima la cumbre anual de los líderes del G8 (Estados Unidos, Japón, Reino Unido, Francia, Italia, Canadá, Alemania y la Unión Europea)

Sin embargo, y al margen de su uso político el recorrido por sus fascinantes templos en contacto con sus feligreses y visitantes, gente corriente, buena gente en su gran mayoría que no duda en ayudarte o informarte sea cual sea su nivel de inglés, ofrece una visión radicalmente distinta de la relación del pueblo japonés con "su" religión
 
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